Las cosas que tiene la rotación de la tierra, y es que este día ha durado mucho más de 24 horas, exactamente 33 con todo lo del vuelo.

La llegada a territorio alemán sin sobresaltos. Y como este destino es típico en otoño para disfrutar del Oktober Fest, nos hemos tomado una buena jarra de cerveza teutona en el aeropuerto. Lo curioso ha sido ver a Jabi encerrado en una cabina de cristal, patrocinada por Camel, para los fumadores. Era como una jaula para monos que exhibía a los fumadores ante el resto de pasajeros.

Ya después hemos tomado el vuelo a San Francisco con algo de retraso (hemos salido a las 16.45 en vez de a las 15.55), aunque finalmente hemos llegado casi a la hora prevista (cerca de las 19.30), tras casi de 12 horas de vuelo... mientras seguía siendo 30 de noviembre. Ha resultado un tanto aburrido e incómodo, pero bueno, cosas peores hemos padecido.

Y lo de la aduana, que temíamos enormemente, se ha hecho realidad. El caso es que una vez que hemos pisado suelo norteamericano, hemos hecho la cola frente a un agente hispano para que todo fuera más sencillo. Éramos los últimos del avión, y el caso es que teníamos que rellenar dos formularios en vez de uno como nos había indicado la tripulación, así que un poco más de tiempo perdido. En mi caso la cosa ha sido muy rápida, pero a Ángel, Jabi y sobre todo a Miguel los han tenido un buen rato. A éste último me ha tocado hacerle de traductor porque el agente no hablaba castellano. Que si dónde trabajas, a qué te dedicas, por qué has venido, tienes familia, cuánto dinero llevas, tienes tarjeta, de qué tipo, cuándo pediste las vacaciones, cuándo se te acaban, a qué hoteles vas... vamos, un tercer grado total. Luego nos han puesto a todos juntos y nos han preguntado por los nombres, porque en los billetes de vuelta aparecían para ellos mezclados nombres (compuestos); Miguel Javier, Ángel, Javier y Miguel Ángel... para flipar. Y nuestras maletas ya retiradas y apartadas.

Una vez que hemos salido de la aduana, nos ha recogido nuestro chofer. Como hemos tardado, ha dejado colgado el cartel con nuestro nombre en la cinta y le hemos tenido que esperar un poco. Portando una gorra y de impecable color negro, nos ha llevado en un gran coche Lincol con asientos de cuero (qué nivel). A través de una autopista de cinco carriles hemos visto la ciudad salpicada de luces y el puente del Golden Gate al fondo hasta llegar a nuestro hotel.

 Texto: Mikel Razkin. 2009.