La diferencia entre derecho y privilegio es algo más que semántica si sobre lo que estamos hablando es de trabajo. Uno tiene derecho a tener un empleo, a ser capaz de valerse por sí mismo, a poder llevar algo de comer a su mesa... pero hoy en día tener un trabajo no es un derecho, sino un privilegio. A este respecto, si cambiáramos el término empleo por el de vivienda, nada cambiaría. Triste, pero cierto.

            La tan manida crisis, cuya mera mención hace temblar precisamente a quienes sostienen la mayor de las paradojas posibles (la de que quienes menos tienen son precisamente los que más tienen que perder), sobrevuela día y noche no sólo nuestras cabezas, sino lo que lamentablemente cada vez tiene más valor y da sentido a nuestra sociedad; nuestros bolsillos. "Tanto tienes, tanto vales, no se puede remediar" - tatareaba Manolo García.

            Negociación, asunto éste que cada vez tiene menos que ver con lo que en sus orígenes sindicales venía a ser. Connivencia, la del empresariado (que en tiempo de superavits repartía nada y ahora reparte menos) con los gobiernos e instituciones públicas que lo que deberían hacer es defendernos. Y hoy todo es la baja y los valores no le van a la zaga. Solidaridad... ¿qué es eso? Y los planes de regulación de empleo se reproducen por arte de gracia, exactamente la misma gracia que les hace a quien los sufre, como los jóvenes trabajadores que tienen que abandonar sus hipotecadas casas dejándolas en manos de los bancos. "Mamá, vuelvo a casa... antes de Navidad".

            Y que levante la mano quien sea un privilegiado... por ahora.

 Texto: Mikel Razkin. 2009.