Porto Novo, 6 de agosto de 2008.
A las 5.30 de la mañana amanece en Porto Novo. Ya se escuchan las endebles escobas de los chavales que madrugan para adecentar un poco el centro. El monótono sonido de estas escobas hechas con ramas de palma se sucede una y otra vez en su búsqueda de la arena que se ha colado en el centro duarnte la noche.
La mañana la dedicamos a realizar entrevistas a las chicas que compaginan sus estudios educativos en el centro por la mañana con su trabajo como aprendices por la tarde. A lo largo de este mes nos hemos encontrado carpinteros, mecánicos, peluqueras, fotógrafos, chapistas y especialistas en vulcanizados, por lo que ya sólo nos quedan las costureras.
Hoy hemos sabido, dos días después de volver de Togo, que no han sido dos los puentes que se han venido abajo en el país vecino, sino que han sido nada menos que once a lo largo de toda la geografía. Es complicado hacerse a la idea de lo que tiene que suponer esta circunstancia una vez vistas las infraestructuras de que se disponen. En buena lógica, siendo como es un país que ha vivido cuarenta años de dictadura con Eyadema Gnanssingbe en el que hoy gobierna precisamente el hijo de éste, el silencio al que habían obligado al territorio ha sido enorme. En defitnitiva, la situación política, económica y humanitaria de este país es seguramente una de las más complicadas de los países costeros de África occidental.
Y de paso nos encontramos con un golpe militar en la cercana Mauritania. El presidente Sidi Uld Cheikh Abdallahi y el primer ministro Yahya Uld Ahmed El Waghev han sido destituidos por una Junta militar ante las continuas crisis gubernamentales y las subidas de precios. A ver en qué queda todo esto, pero los golpes de fusil sólo los suelen acallar otros fusiles.
Esta tarde hemos hecho una nueva visita a los Aguegues, el poblado que se levanta sobre la laguna al norte de Porto Novo. Acompañados por varios cooperantes que acaban de llegar, volvemos a hacer esta visita obligada, pero esta vez analizada desde otra perspectiva. En esta ocasión los Aguegues están inundados y más que nunca los troncos que cimentan las viviendas sirven para salvaguardarlas no del suelo, sino del agua. Pocos espacios no han sido cubiertos por las aguas y resulta curioso ver a las cabras encaramadas en casetas de troncos o a las vacas amontonadas en un pequeño islote que apenas se alza veinte centímetros del agua.
La zona de los Aguegues es una de las más empobrecidas del país y en ella se dan unos los más altos índices de afección por malaria del país. Las personas a las que más ataca esta enfermedad son los niños y las mujeres, que son quienes menos defensas poseen. La malaria es la enfermedad de los pobres, el mortal mal que a nadie importa. En los Aguegues sólo hay un dispensario para sus 30.000 habitantes, por lo que la búsqueda de una atención mejor se tiene que hacer fuera de esta población. Además, aquí en Benin la Sanidad pública no es gratuita, por lo que las familias más empobrecidas son precisamente las más afectadas no sólo por la malaria, sino también por cualquier otro asunto, como las diarreas, muy comunes debido a la suciedad que se acumula en estas aguas (no es raro ver a una persona lavarse con jabón junto a otra que, a cinco metros, hace sus necesidades).
Comparado con la vista de hace tres semanas se podría decir que hemos visto dos pueblos totalmente distintos. En esta ocasión casi no hemos encontrado gente; todos permanecen en sus viviendas. Los más aventurados - con el agua por la cintura - se adentran en la laguna que cubre lo que hace unos días eran pequeños caminos de barro. Lo que hubiera cultivado es ya historia y el ciclo de las estaciones sigue su curso.
Texto: Mikel Razkin. 2008.
Fotografías: Iñaki Vergara. 2008.

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