Kara (Togo), 31 de julio de 2008.

Partimos poco después de las seis de la mañana de Parakou. Ya está amaneciendo. Nos dirigimos hacia el noroeste rumbo a la ciudad de Djougou, que está a poco más de 160 kilómetros de aquí. La expedición la formamos Iñaki, Jean, Juan Inazio, Paul y yo.

La carretera es muy mala durante los primeros kilómetros. Hay muchos baches o directamente el asfalto ha desaparecido. Nos encontramos varios controles policiales y militares, que suponemos debido a que mañana se celebra el Día nacional en Parakou. El trayecto se hace largo y, de ahí a Ouake, el puesto fronterizo, tenemos 35 kilómetros que recorremos por una pista de tierra que es más cómoda que la propia carretera.

África ondea al viento una bandera de tres colores; el rojo de una tierra alimentada por el sufrimiento de sus pueblos, el azul del cielo eterno que les cobija y el verde de la rica naturaleza cuyos frutos le son usurpados.

Hasta allí el paisaje es otro; es plena naturaleza. La sabana es una línea interminablemente recta salpicada de frondosos y centenarios árboles que se suceden uno tras otro en los caminos y dando sombra a los poblados. Son huellas del pasado, de la historia narrada, venerados por quienes buscan bajo ellos cobijo en las tormentas.

Al llegar a la frontera nos despedimos de Jean y Paul. Empiezan los trámites burocráticos. Nos vienen a recoger desde Togo en otro vehículo, con lo que el tránsito será más sencillo. En la parte beninesa no tenemos ningún problema, nuestro visado está en regla. En la zona togolesa sin embargo todo es muy lento. Los policías tienen que escribir todos los datos de nuestro pasaporte en un ajado libro de entrada. Cuño, sello, cuño, firma, sello…

Kara está sólo a 25 km. de distancia y la carretera es buena. La familia presidencial, que gobierna Togo desde hace casi medio siglo, es de esta zona, por lo que han declarado a esta pequeña ciudad de 50.000 habitantes la segunda en importancia del país pese a que tras Lomé, la capital, hay varias ciudades de mayor rango. El presidente, Faure Gnanssingbè, ganó las “elecciones” de 2005 sucediendo el mandato de cuarenta años de su padre. Los resultados de las elecciones no fueron respaldos por la Unión Europea, pero sí por Francia, por lo que se mantuvo el bloqueo sobre el país que pesaba desde 1991. Este año precisamente se ha abierto el diálogo entre ambas partes tras las votaciones al congreso de 2007.

Al entrar en Togo, que fue colonia alemana hasta la época de las grandes guerras, nos damos de bruces con una realidad bien distinta. Se trata de una zona muy rocosa, con montañas que hasta ahora casi no habíamos visto. La dura roca es granito y la gente utiliza cualquier superficie un poco llana para plantar cualquier cosa, hasta entre las piedras. La cosecha que estos espacios dan es muy pobre. El norte del país (Kabiye – como su lengua) es una zona que cada vez está padeciendo más hambre y éxodo rural. Pasan los días y más gente de los poblados cercanos va a parar a Kara en busca de un futuro mejor, cuando el que en verdad encuentran es un presente incierto.

La temporada de lluvias se ha adelantado un par de meses, lo que está perjudicando la calidad de las cosechas. El maíz se puede pudrir fácilmente. Además hay muchas riadas, lo que hace que las crecidas se lleven las cosechas de los últimos llegados, que han ocupado los peores espacios, los más cercanos al río, que son lógicamente los inundables. La crisis para los que menos tienen se acentúa. Es pura supervivencia.

Texto: Mikel Razkin. 2008.
Fotografías: Iñaki Vergara. 2008.