Parakou - 29 de julio de 2008.

Este va a ser un dìa largo y duro en la carretera. Salimos de Cotonù hacia las 6 de la mañana cuando todavía no ha amanecido. A pesar de ello las calles ya estàn atestadas de gente y el bullicio empieza de nuevo en esta extensa ciudad que ahora abandonamos.

Los primeros kilometros son verdaderamente difíciles. Atascos, adelantamientos increibles, vendedores ocupando la calzada, baches, socavones, obras y camiones accidentados (por exceso de carga la mayoría) se suceden cada pocos metros. Tras dejar atràs los arrabales de Cotonù nos ponemos rumbo a Abomey, la historica ciudad capital del reino de Dahomey. La vía que une estas dos importantes ciudades està realmente mal, habiendo zonas de tierra varios kilómetros.

Las vistas son apasionantes. Estamos dejando atràs el mar, una zona de marismas y lagunas en donde las pequeñas plantaciones se suceden una tras otra para adentrarnos en un espacio mucho màs boscoso. No digo selvatico porque ambas zonas lo son, ya que sobre cualquier metro cuadrado que no estè cubierto de cemento crece cualquier cosa ràpidamente. El paisaje no nos es del todo ajeno, puesto que el comercio en las orillas de la carretera, en lugares donde aparentemente no hay nada, sigue acompañàndonos. En unas horas el calor seco y plomizo habrà ganado la batalla a la humedad.

Ya estamos en Abomey. Esta tranquila ciudad alberga uno de los tesoros del país, el Palacio real de Abomey, Patrimonio de la Humanidad segùn la UNESCO (no se pueden sacar fotografías). El territorio de Benin es el sucesor de Dahomey, que es como se denominó el país hasta 1975. Con este nombre era conocido este espacio en el que cohabitaban varios reinos. Tuvo su maximo auge en el siglo XIX con los reyes Ghezo, Glelè y Behanzin, que fueron quienes màs esplendor dieron al reino por su comercio con portugueses, franceses y britanicos. Por supuesto, el negocio de esclavos era uno de sus pilares.

No hay que sorprenderse si lo que uno encuentra dentro no es lo que buscaba; los franceses se llevaron del palacio casi todo lo que tenía valor. Este, que no deja de ser una fortaleza de adobe de 3-4 metros de altura, se extiende enormemente creando espacios en donde las casas se suceden creando espacios funcionales para uno u otro uso. Sorprende el trono de madera del rey Glelè, que se sostiene sobre dos cràneos humanos, así como un pequeño bastón con la cabeza de uno de sus ùltimos enemigos que utilizaba en los bailes tradicionales. Otros lugares de interès son las dependencias de las esposas (4.000), las de los funcionarios y las de los ministros. Todas ellas estàn decoradas con bajo relieves que narran historias y batallas, con lo que de aquí pasaban a la tradicion oral.

Tras escuchar cómo se desarrollaron las disputas disnàsticas tras la conquista francesa en 1892-1894 nos dirigimos hacia Dassa - Zoume, en la zona de las 40 Colinas. Esta región montañosa es realmente preciosa, ya que conjunta de manera armoniosa parajes rocosos con la vegetación propia de la sabana creando vistas ùnicas. Una de ellas, quizà la màs bonita, es la que ocupa la Gruta de Arigbò. Se trata de un lugar de peregrinación cristiano.

Hacia las 6 de la tarde llegamos a Parakou despuès de transitar por una interminable carretera recta que deja a uno y otro lado parajes realmente bellos. La sabana ya nos ha abierto sus brazos. Previamente ya habíamos sido testigos de cómo el hombre lo agradecía mordisqueando la espesura de los bosques que completan este ecosistema.

En total cerca de doce horas de viaje. Parakou nos recibe engalanàndose para el Día de la Independencia (1 de agosto de 1960). Muchas banderas nacionales, militares y carteles del presidente (Yayi Boni, 2006) acompañan las innumerables obras de mejora que se suceden por las calles. Se trata de una ciudad joven y artificial nacida como cruce de caminos entre el norte y el sur del país que ya cuenta con cerca de 400.000 habitantes. Estos, estoy seguro, desearían que todos los años esta fiesta se celebrara aquí.

Textos: Mikel Razkin. 2008.