Porto Novo, 21 de julio de 2008.

Esta mañana los chavales del Magone se han desplazado hasta Saketé a recoger el grano de maiz y las alubias que habían puesto a secar unos días atrás. Cuando han vuelto, los niños del Foyer se han dedicado a ir sacando las habas de las vainas. Sentados en el suelo, allí hemos estado toda la mañana repitiendo el mismo proceso una y otra vez; frotar las vainas, abrirlas y sacar las habas. Al menos las canciones tradicionales que entonaban amenizaban la jornada. Y todo bajo un sofocantes calor que amenzaba tormenta.

Y así ha sido. En cuanto han empezado a caer las primeras gotas todo el mundo ha corrido hacia la azotea donde estaban dejando el grano de maiz. A toda prisa se ha habilitado una habitación para poder ir dejando todo el grano. El trasiego de personas por las escaleras con cestos en la cabeza era muy grande. Había que salvar del agua todo el grano que se pudiera, ya que la humedad podría hacer que éste se pudriera.

Poco después la lluvia ha cesado y a la tarde hemos podido jugar un partido de fútbol. En esta ocasión he podido estrenar el casillero de victorias y hasta he marcado dos goles marca de la casa. Ya sólo le debo una cerveza a José Angel.

Durante todo el día hemos estado teniendo cortes de luz. Así, en esta ocasión ha sido bastante difícil hacer la cena, e incluso los chavales no han podido ni tan siqueira terminar de ver la película Shrek que les habían puesto antes de irse a la cama. Al menos lo positivo que tiene todo esto es que hemos tenido una entrañable cena a la luz de las velas.Lo que para nada ha sido entrañable ha sido escuchar la historia de los tres niños más pequeños que viven en el centro Magone desde hace unos pocos meses. Tienen sólo entre 6 y 8 años. Aunque su nivel académico les haría tener que estar en el Foyer, su corta edad, ante el peligro de que sufran ataques por parte de otros niños, se puedan escapar o perder más fácilmente, les hace tener al Magone como su hogar, al menos durante un tiempo. De aquí a unas semanas se contactará con Mensajeros de la Paz para que se hagan cargo de ellos, puesto que esta ONG trabaja con niños de estas edades.

Los tres casos son diferentes, pero a todas luces igualmente duros. El más pequeño de los tres, de seis años, ante las dificultades económicas de su empobrecida familia, se lo llevó a Nigeria, en donde lo vendió por 35.000 CFA (54 euros) a una mujer que no conocía de nada. Poco después una mujer de Porto Novo lo encontró y lo entregó a la policía, que lo llevó al Foyer. Desde entonces su padre está en búsqueda y captura.

El segundo caso es el de otro niños de siete años que sus padres, también provenientes de la zona rural y con problemas económicos, dejaron en un taller mecánico. De allí fue rescatado por las Salesianas de Cotonú porque el patrón le pegaba y lo entregaron al Foyer de Porto Novo.

El último caso es el de un niño de ocho años con los padres divorciados. El caso es que este chaval había sido elegido, pese a su corta edad, para portar el fetiche del voodoo e ingresar en un convento animista, con lo que tendría que abandonar la escuela. El por entonces vivía con su madre, pero un día su padre fue al colegio a recogerlo para llevárselo; la directora del centro le dijo que no estaba y avisó a la madre. Esta, que es de religión católica, denunció el caso a las autoridades, puesto que tenía la patria potestad, y mientras tanto lo mantiene escondido aquí porque quiere que siga yendo a la escuela.

Son tres historias muy duras, tres historias diferentes de tres niños a los que, a tan temparana edad, se les ha podido truncar la vida. O no.

Para finalizar hay que comentar que, más allá de los intermitentes cortes de luz que se suceden, esta noche hemos vivido una auténtica tormenta tropical. Desde lo alto de uno de los edificios del Magone se veía cómo una cortina de agua se iba acercando poco a poco. El agua caía torrencialmente y la calle, echa de la arena roja que cubre los campos de los alrededores, se convirtió en un río que llegó a inundar varios de los pequeños puestos que se arremolinan junto al camino. El ruido ensordecedor de los truenos se entrelazaba con la luminosidad de los relámpagos. Era todo un espectáculo que dificultaba que se conciliara el sueño, pero también pensando en en que estábamos bien a cobijo, no como otros.

Texto: Mikel Razkin. 2008.

Fotografía: Iñaki Vergara. 2008.