Pamplona. 9 de julio, 2.45 de la madrugada.

Hace ya unas horas que me había acostado, pero me he tenido que levantar. No puedo conciliar el sueño. Será porque he forzado bastante durante los días anteriores en estas fiestas de San Fermín, porque las despedidas con algunos de mis amigos me han sabido a poco o porque mi cabeza no se amuebla bien a lo que va a encontrarse dentro de unas horas.

Eso será, quedan menos de 24 horas para que me escape rumbo a Benin. No es la primera vez que hago un viaje de estas características… ¿O sí? Hay quien dijo que estaba loco cuando me fui solo a China un mes, pero esta nueva aventura la contemplo de otra forma. A pesar de que no voy a estar solo, que voy a poder compartir mis vivencias con algunos compañeros, me encuentro un tanto vacío. Sí, me encuentro un tanto extraño. Me resulta complicado explicarlo. Y aún faltan 24 horas.

Ese sentimiento que difícilmente puedo calibrar me lleva a preguntarme qué es lo que está pasando por mi cabeza. Tengo una gran incertidumbre acerca de lo que me voy a encontrar. No lo puedo negar. Nunca me ha disgustado lanzarme a conocer qué tengo ante mí, porque así siempre he tenido metas que cruzar. Algunos dirán que se me va la olla, pero no me importa lanzarme a descubrir nuevos horizontes. Pero el África negra que tengo ante mí me acongoja. Es más grande que yo.

Las vacunas, las pastillas, los consejos médicos… ¿Es eso lo que me atemoriza? En el fondo creo que no. Creo que tengo miedo a encontrarme el lado oscuro de lo que en este lado del mundo estamos viviendo. Tengo miedo a darme de bruces con él. Y tengo miedo de mi reacción ante esa cara oculta de la realidad.

Texto: Mikel Razkin. 2008.