La verdad tenía que salir finalmente a la luz. No en vano, a los ojos de todos, parecía mentira que Marruecos se hiciera cargo del problema. Éste empezaba a salpicar al vecino rico del norte, al que no le importaba que miles de personas perdieran la vida en el intento por llegar a la otra orilla. Dejar que la punta del iceberg sobresaliera cada vez más era la consigna del reino alauita hasta hace unas semanas. Ahora, parece ser que la mejor forma de acabar con un dolor de cabeza es terminar cortándola. El precio de la operación quirúrgica no ha sido la construcción de una nueva alambrada o la llegada de más legionarios a Ceuta y Melilla, sino la entrega de cuarenta millones de euros para que Marruecos impida que los miles de subsaharianos, que ideaban la forma de entrar en España, cumplieran su sueño.
Se encontraban en la línea de salida de la última etapa. Sin embargo, los disparos no iban al aire, no marcaban el inicio del último esfuerzo. Se tiraba a matar. Hoy, han retrocedido cientos de kilómetros, precisamente cuando las fuerzas más escaseaban. Los que han tenido suerte tienen al sur sus familias y al norte un inmenso gigante de arena y sol. Más allá, el Mediterráneo y los sueños de construir una nueva vida.
Alambradas, derechos, justicia, legalidad, intereses económicos y expulsiones se entremezclan en un cóctel que amenaza con explotar. El asunto en sí ha tomado una repercusión internacional. Todos huyen de lo que pueda suceder y, a mayor velocidad, quienes más tienen. La piedra que hoy está en el otro tejado mañana será una losa. Los que menos tienen, los propios subsaharianos, volverán a intentarlo mañana de uno u otro modo.
A todo esto, no hay que dejar de hablar del papel que está jugando Marruecos en este tema. Las expulsiones no son sólo producto de la dictatorial política de Mohamed VI. Hay que dejar claro que éste cuenta con la aquiescencia de sus vecinos ricos del norte, con el Estado español a la cabeza. Para Marruecos, el tránsito de estas personas también era un problema, pero éste siempre ha sido mayor aún para la Unión Europea. Así, cuanto mayor era el abandono hacia esta situación, peor pintaban las cosas en la opinión pública del otro lado del Mediterráneo.

Resulta obvio que todos buscan un beneficio en la miseria que sufren los demás. Ni efecto llamada ni efecto bola de nieve ni nada parecido. Se trata del efecto "a río revuelto, ganancia de pescadores".
La última noticia que conocemos es que las fuerzas militares marroquíes habían abandonado a cientos de personas en medio del desierto sin casi agua o alimentos. Se encontraban a cientos de kilómetros del lugar habitado más cercano. Les habían instado a caminar hacia el sur, hacia Mauritania, Malí... hacia aquellos países cuya situación distaba mucho de ser la que ellos ansiaban. Algunos de ellos tenían allí su punto de origen, el comienzo de su odisea. Otros, los más, cientos o miles de kilómetros más al sur. Subsaharianos en medio del Sahara. Los sueños se derrumbaban al verse empujados por el cañón de una pistola. Ahora, tocaba retroceder, pero el hambre y la miseria a la que hemos condenado a los países de donde vienen no se pueden detener con alambradas.
Los subsaharianos no han sido invitados a caminar hacia el interior del Sahara Occidental ocupado por Marruecos. El problema se lo ceden, graciosamente, a otros, al pueblo saharaui. Cientos de personas, con escasos recursos - muchos de ellos habían sido atracados por los propios soldados marroquíes -, deambulando por la zona liberada controlada por el Frente Polisario. Las lágrimas no cesaron entonces, pero paliaron su magnitud. Ahora, en vez de estar en Europa están en medio del desierto. Los refugiados, en manos de la Minurso (la fuerza militar de la ONU para el Sahara Occidental) o de los saharauis, nuevamente, se encuentran a la espera de un futuro mejor; peor es sólo la muerte. Habrá que volver a intentarlo.
La línea roja, que abarca cerca de dos kilómetros de anchura en el interior del Sahara Occidental liberado, es una zona que los marroquíes han sembrado de miles de minas antipersonales durante años. Hasta la fecha son cientos las víctimas que ha causado este muro a uno y otro lado. Y no sólo durante la guerra de 1975 a 1991 - año en el que se firmó el alto el fuego, que hasta el momento continúa vigente -, puesto que en la actualidad sigue habiendo víctimas civiles saharauis que han perecido intentando atravesarlo. Hoy en día, esta vergüenza es igualmente patente y recobra la actualidad.
Hay que preguntarse por qué Mohamed VI envía a estas personas, exactamente, a este lugar. La respuesta es sencilla, pero debería chirriar en nuestros oídos. Es la zona más olvidada de ese silencioso continente que sólo dista unas millas de Gibraltar y La Línea de la Concepción. Tan cerca y tan lejos a la vez. Lo que sucede en el Sahara, último conflicto colonial del siglo XX, continúa aún sin solucionarse, sin haberse entrado al fondo de la cuestión. Nadie mira hacia allá; mejor es ver lo que acontece en cualquier otro punto del globo, la clasificación de la selección española para el Mundial o la gala de Operación Triunfo. Qué más da, vuelve Gran Hermano.
El silencio hacia lo que sucede en esta zona es histórico. Son ya treinta años de abandono. Esta situación, la de convertirse en un refugiado en una tierra cuya población se encuentra refugiada (más allá en el desierto, en Tindouf, en la Hamada argelina), no es nueva. Hace unos meses, pude conocer allí a Litun, un joven venido desde Bangladesh, cuya ocupación en ese momento era trabajar en la cocina de los militares saharauis pelando patatas y demás. Se encontraba en el campamento militar de Tifariti - situado al noreste del Sahara Occidental liberado, en lo que hoy es la segunda región militar. Llevaba allí tres meses y había aparecido deambulando por el desierto. No hablaba inglés y mucho menos hassaní o árabe, por lo que, para conocer sus datos, lo que los responsables saharauis hicieron fue llevarlo a la Minurso.
Era muy difícil comunicarse con él. Ayudados de un papel y un lápiz pudimos saber que había llegado a Mauritania en un buque carguero desde su país con la intención de llegar a Europa. Trabajaba en el campo, en un pequeño pueblo bangla de nombre irreproducible en esta grafía. Quería volver a trabajar la tierra con sus manos al final de su larga travesía para enviar dinero a su familia. Sin embargo, su viaje en barco finalizó allí. Le dijeron que se bajara, que si caminaba cerca de diez kilómetros hacia el norte iba a llegar a España. No anduvo diez kilómetros, sino unos cuantos cientos más hasta que se dio de bruces con el desierto.
Allí se quedó Litun, sin saber a ciencia cierta dónde estaba. En unos meses, sin que él lo sepa, será embarcado de vuelta a Bangladesh. Todos sus ahorros se habían quedado en el trayecto. Con suerte volverá a coger la azada a miles de kilómetros de su destino.
Tan cerca y tan lejos, nuevamente. En la vida sólo unos pocos sueños se cumplen, pero habrá que volver a intentarlo. Suerte a todos ellos. A más de uno de por aquí se le debería caer la cara de vergüenza.

Texto: Mikel Razkin. 2005.