En los últimos tiempos ha surgido un intenso debate en Europa y los Estados Unidos sobre la necesidad de restringir la posesión de armas de fuego por parte de los ciudadanos. Este debate, en estos días de guerra que corren, ha sido silenciado por el sanguinolento rumor de las bombas cayendo sobre Irak. Miles de misiles sobre miles de personas. Miles de nombres que ahogan sus voces en el sonoro silencio que dejan al romper contra el suelo. Escenas reales de muerte y destrucción que ya habían sido imaginadas por Hollywood. Dolor y sufrimiento gratuito; o tal vez no, porque el sentido de esta guerra (este crimen unilateral e ilegítimo) lo marcan el precio de los barriles de petróleo, el negocio de la reconstrucción de un amplio país y el eterno filón armamentístico.
Que ésta iba a ser una guerra que la sociedad iba a contemplar como un espectáculo cinematográfico no lo han conseguido exclusivamente los cientos de medios de comunicación desplazados a la zona. Ya en la ceremonia de entrega de los premios Oscar pudimos escuchar mensajes contra la guerra, contra esta sinrazón. La intervención que más calado tuvo fue la del director Michael Moore, ganador del Oscar al mejor documental por “Bowling for Columbine”. Llevaba razón; la actitud del presidente norteamericano George W. Bush da algo más que vergüenza.
Pero lo que Moore intentaba narrar en el documental por el que fue premiado, entre los varios temas que hilaba de forma imaginativa, irónica y a la vez didáctica, era cómo en cualquier ciudad de los Estados Unidos era relativamente sencillo hacerse con un arma de fuego, lo que conllevaba en sí mismo un peligro real y efectivo de morir a manos de tus propios vecinos. El reportaje comienza con el mismo Moore adentrándose en una peculiar sucursal bancaria de los Estados Unidos para abrir una cuenta, y lo que recibe a cambio, como regalo del banco, es un fusil, con el que sale tranquilamente colgado del brazo. ¿Dónde quedan el juego de cazuelas y las enciclopedias? Ésta es la breve contradicción con la que se abre la película y que tan presente está en el día a día de la vida en los Estados Unidos, la más beligerante potencia armamentística interna y externamente hablando.
La posesión de un arma de fuego es un derecho que recoge la propia constitución del país de las hamburguesas y el béisbol, la tierra de las oportunidades y los dólares. El derecho que tienen sus ciudadanos a llevar una pistola encima viene de antes incluso de la época de los cowboys y las diligencias (la segunda enmienda, dicen); y en verdad para un estadounidense sería impensable que un futuro John Wayne tuviera problemas para desenfundar su Colt. Sin embargo, algo había cambiado en la opinión pública norteamericana para que ésta circunstancia se encontrara, unos meses atrás, en tela de juicio. En los últimos años era más fácil conseguir un rifle en un banco que una caja de medicamentos en una farmacia. Para lo primero, como se señala en el reportaje, tan sólo habría que abrir una cuenta corriente; para lo segundo uno tendría que pedir cita al médico, disponer de dinero para pagarle (la Sanidad es privada), esperar a que se fije la consulta, aguardar un tiempo hasta que éste le reconozca, recoger la receta del medicamento y finalmente acudir a la farmacia a que se lo dispensen. Todo esto “dentro de los marcos que dicta la más estricta legalidad”, porque si nos centramos en el mercado negro, el existente en los Estados Unidos es uno de los más grandes del mundo. Para encontrar algo sólo hay que buscarlo.
Hasta ahora se vienen sucediendo situaciones como la vivida hace poco tiempo en Washington, donde un par de personas (de raza negra, por supuesto; “No podía ser de otra forma”, como se comenta en el documental) aterrorizaron toda la zona al disparar indiscriminadamente a todo aquel que se ponía a tiro desde aquella famosa furgoneta blanca marca Ford. Historias de francotiradores apostados en plazas, marines frustrados que entraban con escopetas en supermercados y asesinos en serie que se abalanzaban sobre los clientes de restaurantes de comida rápida se escuchaban más pronto que tarde en los telediarios estadounidenses. El dolor, la muerte y el miedo venden, y tras el 11-S más aún.
Tiempo atrás tuvo lugar la “matanza del instituto Columbine”, en la que un par de jóvenes, antes de suicidarse y sembrar dicho centro escolar de bombas, se liaron a tiros en su interior, allá en la pequeña localidad de Littleton acabando con la vida de doce compañeros y un profesor. Fueron cientos las personas heridas. Días después de aquel suceso, mientras los Estados Unidos continuaban bombardeando Kosovo, en la que vino a denominarse “matanza de Atlanta” un correcto y bienamado padre de familia acabó asesinando a su esposa y dos hijos ante la desesperación que le había causado una caída de valores en la bolsa. Antes de suicidarse, cogió dos pistolas, una de 45 mm y otra de 9 mm, y se cargó a nueve personas en unas oficinas bursátiles. Pero no nos escandalicemos tanto, pues lo vemos día y noche en las películas que la caja tonta y los videojuegos nos ofrecen; de producción estadounidense normalmente, por cierto.
Y visto todo esto – lo que ocurre en el día a día y lo que dice la propia constitución de los EE.UU. –, ¿los problemas que conlleva la posesión de armas en ese país tienen solución? Para dar una respuesta a esta cuestión voy a centrarme en la Teoría de Juegos, y más concretamente en el conocido Dilema del prisionero. Este juego muestra que el resultado del mismo estará determinado si cada uno de los dos jugadores resuelve el “dilema” según la forma que describe una matriz de resultados similar a la siguiente. Este juego fue diseñado por el matemático A. W. Tucker, y su nombre viene del ejemplo que utilizó para ilustrarlo: Un fiscal custodia a dos sospechosos de robo y los mantiene aislados el uno del otro; está seguro de que han realizado el crimen, pero no tiene pruebas; habla con ellos por separado y les ofrece un pacto. Este pacto viene a decir que si ninguno de los dos confiesa, les acusará de unos delitos menores y recibirán una pequeña condena (3). Si lo hacen ambos, los encarcelará, pero recomendando una condena inferior a la máxima por haberlo reconocido (2). Pero si uno lo hace y el otro no, el que lo haga recibirá un trato indulgente al haber proporcionado pruebas para la acusación (4), mientras que sobre el otro caerá todo el peso de la ley (1). De los resultados, 1 es el peor y 4 el mejor. El mejor resultado común es el de que ambos no confiesen (3) – recibiendo una pequeña condena –, pero el resultado final de este juego viene a decir que, ante el miedo de uno de los prisioneros a que el otro confiese (pues no han podido negociarlo previamente o no existe la confianza suficiente), éste lo hará también para eludir la pena máxima (1) y así conseguir como resultado una condena inferior a la máxima (2) – que en caso de que el otro prisionero no confesara sería la de evadir la cárcel (4). Las puntuaciones se asemejan a las del problema sobre la posesión de armas de fuego en EE.UU..
Centrándome ya en la cuestión referente a la posesión de armas, ocurre exactamente lo mismo en ella que en el caso del Dilema del prisionero. Para ello prácticamente sólo hay que cambiar los nombres de los jugadores Prisionero 1 y Prisionero 2 por los de Individuo 1 e Individuo 2 que vienen a continuación:
Como ya he señalado con anterioridad, el peor resultado posible es el 1, siendo el 4 el mejor de ellos. El primer número de las cuatro casillas indica la puntuación del resultado correspondiente al Individuo 1, que es el jugador que señala sus mejores resultados posibles con un círculo. El segundo número de cada casilla indica la puntuación del resultado correspondiente al Individuo 2, que se señalan con un cuadrado.
El mejor resultado para cada individuo sería que, teniendo la seguridad y la protección como factores elementales, cada uno estuviera en posesión de un arma (4) y que el resto no lo estuvieran (1). Esto viene clarificado en la casilla II para el Individuo 1 y en la III para el Individuo 2. Esta lógica viene dada de la simple conclusión de que si uno tiene un arma para defenderse y nadie puede atacarle con otra similar, ha de encontrarse más seguro y protegido (4). Igualmente una persona se encontrará más indefensa si quienes están a su alrededor están armados y ella no (1), de lo que se deriva que las peores situaciones para los Individuos 1 y 2 son las casillas III y II respectivamente.
¿Qué hacer si el otro individuo tiene un arma? La lógica de la búsqueda de la seguridad personal dice que tener otra. Este resultado viene dado en la casilla I y tiene una puntuación de 2 para ambos individuos. Se trata de la segunda peor opción, pues ambos individuos son poseedores de un arma de fuego, algo que conlleva un peligro intrínseco. ¿Y qué hacer si la otra persona no la tiene? Existen dos posibilidades; tener o no tener una. La primera de ellas sería la del máximo beneficio común; que nadie poseyera armas (3), corriéndose el peligro de que alguien se hiciera con una y se creara cierta inseguridad junto con el beneficio de unos (4) en detrimento de otros (1). Igualmente la posesión de un arma ante alguien que carece de ella conlleva una seguridad casi plena – todo dentro de esa lógica del miedo y temor al otro y la búsqueda de una protección y seguridad satisfactorias.
Es, pues, claro, que en todas las situaciones posibles los individuos se decantan por la posesión de un arma de fuego (2), aun cuando la carencia de ellas fuera un resultado mejor para ambos (3). Las razones que se esgrimen para ello son la falta de un consenso previo y una escasa confianza en el otro. Sería necesario una especie de “contrato”, algo establecido, en el que se señalara un rotundo no a la posesión de armas de fuego, cosa improbable pues la propia constitución norteamericana señala lo contrario.
Lo que ocurre es que los individuos atienden solamente a su propia conveniencia, y si para ello es necesario romper lo establecido – lo moralmente correcto –, lo harán sin lugar a dudas. La casilla IV es la del equilibrio en el sentido de que existe un “contrato” previo o una confianza en el otro – eso lo dicta la cultura –, mientras que la I es aquella en la que prima la desconfianza y el individualismo, que es lo que verdaderamente hay, y es en verdad lo que se da, en los Estados Unidos en la actualidad. La paradoja, repito nuevamente, se encuentra en que este resultado (casilla I) es peor para ambos que el de la casilla IV. En el caso de Europa (y en Canada, como comentaba Moore), sin embargo, ocurre lo contrario que en los Estados Unidos; tenemos nuestro “contrato”, unos valores que los dictamina la cultura.
A modo de conclusión hay que señalar que la población de los Estados Unidos seguirá disponiendo a su antojo de cuantas pistolas y escopetas desee, puesto que, si así lo dictan su lógica y sus leyes, de esa misma forma habrán de seguir haciéndolo. Y todo ello para mayor orgullo y gloria del cinematográfico Charlton Heston, hasta ayer mismo presidente de la Asociación Nacional del Rifle (NRA), entre cuyas máximas se encuentra la de que el derecho a estar armado debe prevalecer sobre el hecho de que las vidas de varios cientos de personas sean sesgadas cada año a manos de sus propios vecinos. Habrá que esperar que el país de la bandera de las barras y estrellas no nos exporte también la moda de cambiar los juegos de cazuelas y enciclopedias por rifles de asalto y encefalogramas planos.
Texto: Mikel Razkin. 2003.
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