Más de sesenta años después, el nombre de Auschwitz vuelve a la palestra. Este lugar (Oświęcim en polaco) está localizado cerca de Cracovia, al sur de Polonia, y ha sido durante mucho tiempo sinónimo de muerte, terror y deshumanización. En estos últimos meses lo que sucedió en el campo de concentración y exterminio más grande de la II Guerra Mundial está siendo puesto en duda por los denominados “negacionistas”, como el escritor británico David Irving o el presidente iraní Mohammad Khatami.
En 1939 la ciudad de Oświęcim y sus pueblos cercanos fueron incorporados al III Reich, cambiando el nombre polaco original por el alemán de Auschwitz. El lugar en sí era una serie de cuarteles del ejército polaco, que ya en 1940 fueron destinados por primera vez para retener a los prisioneros políticos polacos. Los nazis empezaron a llevar allí a personas de toda Europa, la mayoría de ellos judíos traídos de diferentes países, pero igualmente prisioneros de guerra soviéticos y gitanos. El campo se convirtió en el destino principal para los ciudadanos judíos apresados por los nazis, puesto que hasta allí llegaban de lugares tan remotos como Lyon (Francia), Rhodas (Grecia), Roma (Italia), Oslo (Noruega) o Riga (Letonia) entre otros muchos.
En total son tres campos. En la entrada del primero te encuentras con la sarcástica frase “Arbeit macht frei” (El trabajo os hace libres). Del segundo, Birkenau, veinte veces mayor que el primero y en el que se produjo la mayor parte del exterminio, destaca el hecho de que precisamente en las cámaras de gas y los crematorios finalizaran las mismísimas vías del tren. Eran 175 hectáreas. El tercero, menos multitudinario, constaba de varias fábricas dispersas por la zona. En total, más de un millón de personas fueron exterminadas en el infierno en que se convirtió Auschwitz entre los años 1940 y 1945.
Hoy todo eso es un museo. Auschwitz fue el mayor campo de concentración nazi para los polacos, así como para los prisioneros de diferentes nacionalidades, condenados por el nazismo al aislamiento y a una paulatina muerte. La muerte por hambre, agotamiento por el durísimo trabajo, los experimentos médicos a los que fueron sometidos o por las ejecuciones masivas eran la única forma de abandonar los campos. A partir de 1942 el campo se convirtió a la vez en el mayor centro de exterminio de judíos cuya gran mayoría pereció en las cámaras de gas instantes después de su llegada al campo sin que ni siquiera fueran inscritos en el registro. Por ello, es muy difícil establecer el número exacto de víctimas. Es precisamente en esto en donde los “negacionistas” basan sus teorías de que el Holocausto nunca existió.
Los judíos condenados al exterminio llegaban a Auschwitz convencidos de que las SS trataban de establecerlos en el Este de Europa. De esta forma fueron engañados y traídos hasta allí. Los trenes llegaban amontonados de gente, con sus pertenencias más valiosas, tras miles de kilómetros en vagones de mercancías precintados. Muchos murieron durante el viaje. Allí mismo, en el apeadero de Birkenau, los oficiales y médicos de las SS realizaban una selección rápida separando a las personas con capacidad para trabajar. Según el comandante del campo, Rudolf Höss, el 75 % pasaba directamente a la cámara de gas.
Después de guardar sus pertenencias en un almacén, las personas eran dirigidas a las duchas. Posteriormente se les cortaba el pelo aludiendo razones de higiene. En unos barracones subterráneos se les obligaba a desnudarse para una ducha. Era allí donde eran gaseados con el Zyklon B; unos pequeños cristales que, lanzados a través de unos tubos, se condensaban con el calor produciendo un gas letal. Cinco kilos de este material acababan con la vida de 1.500 personas en quince minutos. Tras las cámaras de gas de Auschwitz II – Birkenau se encontraban las fosas comunes, los cuatro crematorios y las piras de incineración. Los restos, en forma de ceniza, posteriormente eran utilizados como fertilizantes para el campo o directamente vertidos a los ríos de la zona. La “solución final”; Espeluznante.
E igualmente espeluznante es añadir que todo lo que llevaban los judíos consigo era enviado a Alemania; oro, dinero, joyas, ropa, maletas, prótesis, zapatos… y pelo. Con él se trabajaba en la industria textil haciendo mantas o forrando abrigos para los soldados. En el momento de liberar el campo, el ejército soviético encontró siete toneladas de cabellos humanos. Hoy están expuestas en el museo.
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La visita es dura, y más si encuentras una temperatura de -15º C. Hay que tener estómago para contemplar las condiciones de vida que se vivieron allí, escuchar la forma en que cientos de miles de vidas fueron sesgadas y reflexionar sobre lo bajo que puede llegar a caer el ser humano. Este lugar debe servir hoy en día de punto de encuentro para la educación y la recuperación de la memoria, símbolo del Holocausto, del terror, la negación de los derechos humanos fundamentales, un ejemplo de las posibles consecuencias del racismo, el antisemitismo, la xenofobia y la intolerancia. Pero sin olvidar que esto, a otra escala, sigue sucediendo en Irak, en Guantánamo y, paradójicamente, en la Palestina ocupada por Israel.
Texto y fotografías: Mikel Razkin. 2006.

29 sep 2009 | 08:02 PM
Jose Maria Canora
Las SS eran tan sadicas que llegaban a vender billetes de tren a los judios que llevaban a Auschwitz para luego eliminarlos por hambre. trabajos o gas. Cuando visité este campo era verano y no había nada de nieve.
Saludos.
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